El argumento más utilizado por los practicantes de la medicina alopática, convencional o farmacológica para descalificar las terapias naturales y alternativas es el de que “no existen evidencias científicas que avalen sus resultados”. La experiencia clínica de quienes trabajan con ellas no les vale. Sin embargo, ¿qué eficacia real tienen los tratamientos “médicos”? ¿Están “científicamente” avalados? En absoluto.

El British Medical Journal acaba de publicar una investigación titulada Clinical  Evidence según la cual de los casi 2.500 tratamientos analizados sólo el 13% son claramente beneficiosos, el 23% pueden ser algo beneficiosos, el 8% están entre beneficiosos y dañinos, el 6% es poco probable que sean beneficiosos y el 4% pueden ser ineficaces y/o dañinos. Del 46% restante no se sabe ¡nada!

Durante los últimos cincuenta años los guardianes de la ortodoxia médica han tratado de desacreditar, desmerecer, ridiculizar, atacar, vilipendiar, calumniar y/o ignorar los resultados clínicos de todos aquellos médicos y terapeutas que apostaron por caminos diferentes para intentar recuperar la salud de sus pacientes con el consabido latiguillo de “No existen evidencias científicas que avalen sus resultados”. Para ellos los testimonios de los pacientes eran simples anécdotas y su mejoría casualidades o milagros indemostrables. Y la capacidad clínica del médico que los atendía un atentado a la “buena práctica” cuando no directamente un delito por el que merecía la cárcel. Algo apoyado por la gran mayoría de la población -incluidos buena parte de los médicos, científicos e investigadores-, convencidos de que lo que los médicos convencionales hacen a diario sí está demostrado científicamente y es eso lo que les separa de los “charlatanes”.

No es pues su sabiduría ni su práctica clínica. Lo que realmente da valor a sus tratamientos y prescripciones es su “aval científico”… solo que, hasta ahora, nadie se había molestado en averiguar la eficacia real de los mismos; sobre todo, de los sustentados en la farmacología.

Bueno, pues la respuesta -o al menos un primer acercamiento a la misma- ha llegado. Y no desde las terapias naturales, alternativas o complementarias sino desde uno de los puntales de la propia Medicina convencional, alopática o farmacológica, una de sus principales referencias científicas: el grupo de publicaciones British Medical Journal que, para tratar de responder a esa incómoda pregunta y en un alarde de honestidad, ha puesto en marcha una iniciativa denominada Clinical Evidence (http://clinicalevidence.bmj.com) que tiene como fin ayudar a las personas a tomar decisiones informadas sobre qué tratamientos seguir.

Las cuestiones a responder por el equipo de especialistas del grupo, sus editores, revisores y analistas son básicamente tres: ¿Qué proporción de tratamientos comúnmente utilizados están apoyados por evidencias de peso? ¿Qué porcentaje no debe de ser utilizado o utilizado sólo con precaución? ¿Cuáles son las grandes lagunas en el conocimiento científico? Bien, pues aunque no vamos a entrar en detalles pormenorizados de los análisis realizados para cada uno de los 2.500 tratamientos estudiados -número lo suficientemente amplio como para considerarlo representativo estadísticamente de los tratamientos médicos actuales- sí vamos a reflejar las conclusiones a las que British Medical Journal ha llegado.

Y éstas indican que de los 2.500 tratamientos analizados sólo el 13% pueden considerarse beneficiosos y tienen tras de sí lo que sus revisores y analistas consideran “evidencias contrastadas”. ¡Sólo el 13%! Es decir, sólo 325 tratamientos de los 2.500 analizados se han considerado claramente beneficiosos. Y un 4% ineficaces o, lisa y llanamente, perjudiciales para el paciente a pesar de lo cual se siguen utilizando. Aunque lo más sangrante es que ¡el 46%! de los tratamientos médicos se aplican sin que estén científicamente fundamentados sus beneficios o si, al menos, son inocuos y no perjudican la salud.

Y por si esto fuera poco el resto de los tratamientos son puramente especulativos. Los investigadores británicos afirman que un 23% pudieran ser beneficiosos pero no está contrastado del todo, un 8% no está claro si son beneficiosos o perjudiciales y el otro 6% restante entienden que es poco probable que sean beneficiosos.

MUY POCA EVIDENCIA CIENTÍFICA

Para muestra un botón, así que vamos a poner algunos ejemplos de las conclusiones que aparecen en este estudio.

Así, por ejemplo, al hablar del cáncer colorrectal puede leerse: “No sabemos cuán eficaz es la colonoscopia en la detección de cáncer colorrectal en personas sanas aunque la intervención se asocia con morbilidades raras pero graves, incluyendo perforación y hemorragia.” Y al hablar del cáncer de próstata primario se dice: “La prostatectomía radical puede reducir la mortalidad en comparación con la espera vigilante en hombres con cáncer de próstata clínicamente localizado pero los beneficios en la calidad de vida ajustados en función de la esperanza parecen ser moderados”.

Por lo que respecta a los dolores de cabeza fruto de problemas de tensión crónicos el sumario podría ser: “No encontramos pruebas suficientes para juzgar la eficacia de las benzodiazepinas o los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina en su tratamiento aunque ambas se asocian con efectos adversos significativos”.

Y un último ejemplo, referido esta vez a la rinitis alérgica estacional: “Los antihistamínicos intranasales pueden mejorar los síntomas en comparación con el placebo aunque los estudios han dado resultados contradictorios y no sabemos si son tan efectivos como los antihistamínicos orales. Ni sabemos si los descongestionantes orales reducen los síntomas en comparación con el placebo pero el tratamiento combinado con pseudoefedrina y antihistamínicos orales puede ser más eficaz comparativamente que el tratamiento solo”.

Y así una larguísima lista de recomendaciones avaladas con toda la documentación necesaria referida a distintos medicamentos y procedimientos terapéuticos. Los análisis concretos y pormenorizados -con todo tipo de referencias y detalles- de los 2.500 tratamientos están a disposición de los médicos y pacientes interesados que previamente se registren en la web de Clinical Evidence.

Resumiendo, como quiera que el 4% de los tratamientos analizados no sólo no son útiles sino perjudiciales, del 37% hay dudas razonables y del 46% ni siquiera hay suficientes datos como para pronunciarse podemos concluir que el 87% de los tratamientos médicos no están científicamente avalados. Y quienes los usan tienen la desfachatez de exigir a quienes practican a diario terapias naturales carentes de efectos secundarios que demuestren científicamente sus resultados si quieren tener credibilidad.

A esa desvergüenza cabe añadir que si la mayoría de los tratamientos alternativos o complementarios contaran con los miles de millones de euros para investigación con que cuentan los tratamientos convencionales tal exigencia quizás tuviera sentido pero al tratarse de tratamientos no patentables ese dinero no llegará nunca. Y quienes lo reclaman lo saben. Aunque cabe añadir que tampoco esto empieza ya a ser verdad porque cada vez más instituciones y empresas –públicas y privadas- investigan sobre sus posibilidades porque afortunadamente no todo el mundo se guía exclusivamente por el lucro.

Fuente y artículo completo: Dsalud.com

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